ruido de fondo
Mientras crecía
y atendía
con inquietud mis desvaríos,
pude entender que estaba bien romper por estos lugares.
Siempre y cuando encontrase cobijo entre el viento
y llegase a casa con un poco de sed.
Ruido de fondo.
La contracción del otoño,
el crepitar de las hojas,
el viento contra mi pecho descubierto de más,
como para nunca olvidar el sonido de mi respiración;
congestionada como peatonal en hora pico,
y tan mal gestionada
como mis encuentros contra tus bordes.
Ruido de fondo.
Hay quienes me escuchan,
y de a ratos con eso me alcanza
para saciar algunas dudas existenciales.
Sin embargo no voy a negar
que por momentos me urge escucharme:
tal vez con la sutileza con que una ola
impregna de sal las rocas
cuando irrumpe
de madrugada
contra los pies de un pescador.
Tal vez como el fastidioso silbido
de una caldera hirviendo.
Aunque eso me urge un poco menos,
deberé trabajarlo con mi mesita de luz.
Mientras tanto me afirmo
sobre alguna espalda,
con un poco más de miedo
del que debería ocasionar un abrazo.
Y recorro con cariño,
esa parte de tu oreja
que tiene forma de caracol.
Y leo
con ese mismo dedo,
experto en pasar páginas,
los silencios
que hacen eco
de tus voces más lentas
y mis derivas más apresuradas,
¿qué ironía no?
Ruido
de fondo.
Ya está pronta
el agua para el mate
¿voy a apagar la caldera
o dejamos que explote todo?

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