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el mismo texto, muchas veces

martes, octubre 15, 2019

ser casa, saberse hogar



ser casa,

iniciar las mañanas
con la obsesión por el café batido
y la densidad del suspiro abrumado

pensar
cada día
en lo difícil que es ser casa
y saberse hogar

dibujar grandes puertas
sobre pechos recién lijados
y ordenar los muebles
a espaldas del sol:
por las dudas,
por las deudas,
por las sombras,
por si perderse
entre las cortinas
parece menos costoso
que arrancar los yuyos

ser casa
y amanecer hogar

despegar las babosas
del muro de hormigón
(aunque por momentos
hacerse muro)

vaciar cada recipiente
rebasado en agua
sin pensar
demasiada
barrabasada

poner a dormir caricias,
recolectarlas
lo suficientemente maduras

despertar adormilada
y tomar de a buchitos
y sin amargura
cada rayón que no es puerta,
cada puerta que es caricia,
cada caricia que nace

ser casa
y saberse hogar
sin sentir la necesidad
de explicar rayones
sobre pechos
colorados del agite
que generan
las sábanas nuevas
sobre el viejo colchón

ser aire
entre cada nota
de un acorde desafinado

ser cortina
como hoja al viento

saberse caracol

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viernes, agosto 23, 2019

Descoser silencios



El vacío de las calles:
íntimo y confuso,
demoledor.

Desprendo
de mis años
caminando
entre calles vacías

que a veces caminar
es somatizar la falta de calma
y la sobra de ella,

en simultáneo;

así de específico y ambigüo;

como cada vez que un beso
implica escuchar cosquillas,
de la nuca hacia el pecho
y del pecho hacia la barriga.

Como cuando de repente,
parece absurdo
respirar
sin sentirse afectado.

Como si el cuerpo fuese algo dado.

Pero no sé,
suelo no saber mucha cosa
más allá de lo que me dicen
o de lo que no me quieren contar;

incluso entre el ruido
que me provoca
la inmensidad
de la intimidad
del vacío
de las calles.

Y entre ese silencio
(muchas veces ruidoso)

me cae la ficha
del esfuerzo que implica
sostener estas tres
paredes destartaladas,
sobre las cuales
apoyo
gran parte
de mis dudas.

Pero qué se yo,
estamos todos
un poquito destartalados.

Y en ese sentido
es que me gusta pensar
que cada pulmón
es un bandoneón,

tocando notas al azar
por Durazno y Convención.

O esa aguja que le abre paso,
al hilo que cose
tercamente
un viejo pantaloncito.

Más por cariño
que por otra cosa.

Más por coser
que por arreglar.

Y así somos,
como los hilitos sueltos
de un trapito desgastado.

Y así nos sabemos ser

cada vez que la amargura
amenaza la idea.

Cada vez que la idea
amenaza con ser cierta.

Cada vez que la certeza
se descose
y acoge
la marea.


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domingo, julio 21, 2019

Plegarias sobre niños despiertos



Extraña secuencia de eventos:

Cajas de cerillas mojadas,
que alguna vez encendí 
raspando contra mis rodillas,
yacen sobre mis hombros,
bajo el umbral de mi templo.

Como si mis rodillas,
tan chuecas,
tan desgarbadas,
no hubiesen tenido suficiente 
con chocar entre ellas al caminar.

Como si no hubiesen tenido suficiente
con crujir al ritmo del repiqueteo de la lluvia,
contra chapas y paraguas en movimiento.

Extraña secuencia de eventos:

Fulanito habla sobre ser inmortal.
Así, con tanta liviandad.
Con tanto conservadurismo.
Con tanta picazón insatisfecha
denotando lamento.

Como si las temporalidades fuesen banales.
La vida.
La muerte.
Los flujos de cosas que circulan 
y son,
y dejan de ser,
y chocan,
y atraviesan
y evocan...

...o el mar las juzga.

Todo depende de cómo entiendas
que un umbral debe ser atravesado.

A veces somos niños adormilados,
tanteando paredes en busca de sábanas
o faldas que recrean sábanas.

Muchas otras veces,
los umbrales recrean arrabales,
puertas entreabiertas,
nunca del todo silenciosas.

Al fin y al cabo
todo depende de cómo quieras recibir un beso.

Si debajo del umbral o tanteando huecos.

Si desde los labios
o desde las costuras que prenden 
tu capa de piel a los huesos.

Extrañas secuencias de eventos:
plegarias sobre niños despiertos.

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sábado, junio 15, 2019

Sus luces rojas



Aquél pasillo estaba repleto de una cantidad de luces rojas que sólo acostumbraba a ver  cuando recorría calles congestionadas, repletas de hileras de autos desacelerando entre bufidos.

Las paredes eran blancas, como acostumbran a ser en esos lugares. Blancas como la esclerótica de los ojos de la mujer-sin-nombre que le hacía los papeleos cada jueves por la mañana. Blancas y limpias como la bata del violento ginecólogo con quien quiso dejar de atenderse, sin hacérselo saber a su madre.

Ella era amarilla.
Era vieja, estaba sucia.
Sus dientes: añejados, pero no con la delicadeza con que se añeja el vino.
Sus cabellos, enmarañados, ya empezaban a deshilacharse de su cuero cabelludo.
Ella: toda deshilachada.
Sus manos daban fé de sus excesos; su boca daba fé de su tránsito confuso.

Tampoco sabía decir malas palabras. Profanar le pesaba demasiado en el cuerpo. La recepción del temblequeo de sus manos cada vez que relajaba sus brazos.
Las malas lenguas.

Sobretodo las malas lenguas. O las lenguas en general. Que osaban con hablarla antes de dejarla hablar.

Por eso se frotaba bien la esponja contra la piel cada vez que se bañaba. Tratando desprender de su cuerpo, esa última capa de historia.

La historia le pesaba demasiado.
Le pesaban las cicatrices.
Ensuciaban la pureza de sus paredes, de sus sábanas, de sus blancas palabras.
Aquellas que deslizaba tímidamente bajo la puerta de quienes fueron sus amantes, como quien desliza citaciones judiciales.
Bajo sus costillas:
para partirse al medio.

Sus costillas a veces flotaban fuera de su cuerpo.
Como luces rojas titilando entre cuatro infinitas paredes.
Luces rojas que sin querer hacen ruido.
Paredes blancas, conservadoras.
Paredes de hormigón de un metro de ancho.

"A ver si podés romper esas paredes"
se decía.

Repitiendo las palabras que su madre dibujaba en el aire cada vez que le servía al patriarca de la casa el plato más grande de guiso.
Repitiendo las palabras que leía de los labios de su madre cada vez que pedía perdón por cualquier cosa.
Repitiendo las palabras que no estaban siendo dichas.
A pesar de-.

Así aprendió a depender de cosas, de gestos, de personas.
Así aprendió a sonreír, aunque no tenía qué.

En ese pasillo blanco, lleno de carteles que pedían silencio, de repente era una luz roja. Una sirena de ambulancia. Una emergencia.
La emergencia de caer al vacío entre ruidos de trenes que en su paso sacuden vías. Entre  gemidos de mujeres dando a luz. Entre susurros quebrados con aliento a vino.

Bueno.
El vacío no tiene fondo, no es tan ingenua.

De su chaleco a veces desprende pelos de gato.
De tanto en tanto una flor. La sonrisa de algún muchacho.
Entre sus manos crecen plantas.
Entre sus piernas crecen frutas.

Y tratamos de hacerle mimos.
De ponerle almohadas debajo de la cabeza. De secarle la ropa.

Con sus ojos brillantes enciende y apaga las luces. Enciende y apaga cosas.
Amarillas son sus maneras.
Amarillas, pero como girasoles.

Rojas las luces más cálidas del cielo.
Sus orejas coloradas cuando se saca la bufanda, o cuando leen en voz alta los poemas que escribe en los tickets del supermercado.

Admite que de vez en cuando prende fuego las fotos que tenía guardadas en su cajón, o mide sus excesos de piel frente al espejo.

Pero se deja dar caricias, y de su boca salen puteadas.
Y todas las noches pone alguna monedita en su chanchito.
Y se mete en la piel de los protagonistas de las películas que se compromete a mirar a pesar de su absurda ansiedad.
Y habla, y canta.

Canta y ríe, haciendo distorsionar su voz a través de las aspas del ventilador.

De repente las luces rojas son cosquilleos. Y las paredes: obstáculos de yeso.
Llenas de huellas de zapatos, equivalentes a todas las huellas que dejan en su pecho sus nuevos amores.
Los tangos que se bailan sobre su espalda.
El dulce perfume que desprende su cabello.

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domingo, junio 09, 2019

El abrazo como tester de violencia



Dame un abrazo,

de esos que me hacen saber
que yo también estoy ahí.

De esos que me hacen pensar
que por una vez
no es la mirada
distante y juiciosa
que me recibe en la oficina,
en los pasillos del asilo
o en la mesa de los domingos
la que decide,
de a silenciosos veredictos,
mi lugar racional en el mundo.

Ojalá sea un abrazo
de esos que das
aquél que me transmita
la posibilidad de un mundo
que pueda ser bailado
como acto de rebeldía.

Aquél que me permita habitar la locura
y el estado aflorado de nuestras pieles.

El abrazo:
ese habilitador de la memoria
cuyo gesto de invitación
me guía hacia aquellos brazos que se dejan firmar.

El abrazo como tester de violencia:
a sabiendas de que no hay nada más violento
que el olvido,
la Verdad inmutable
y la dependencia.

Abracémonos a pesar de nuestras pieles
y como lugar de paso donde poder ser.

Como coqueteo con los límites de la norma.

Mientras que el abrazo
y ese mismo gesto
de disponerse afectable y afectiva
sean parte de una revolución
contra el allanamiento histórico sobre nuestros cuerpos.





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domingo, mayo 05, 2019

A Ella



 III. 
 
Quien me esculpió durante estos veinte años
sabe que hay mucho de mí en mis grandes muñecas.
 

Estas muñecas medidas con masoquismo
de a exigencias moralizantes vomitadas.

Ella, sobretodo,
entiende desde el desentendimiento parcial
como a quien también le pesan las caderas
incluso más que los años perdidos en vida.
(Intimidades e infimidades, dic 2018)
 


Medía sus livianas caderas con determismo;
siendo consciente de la pronta asunción
del mandato social de la maternidad
plegando así la presunta validez
de su erotismo de veinteañera.

De pronto esa reproductividad,
esperada siempre en sus cálidos tratos,
se volvía más física que nunca.

Hubo una época
en que los vestidos debían caer sobre ella
con la elegancia de un mantel blanco
sobre los huesos de su mesa redonda,
plana, frágil y sin esquinas.

Lo suficientemente transparente
como para mostrarse diligente.
Lo suficientemente opaca
como para denotar pureza.

Esa misma época
en que su voz debía hacer vibrar el aire,
con la delicadez y el erotismo
con que suaves y pseudo-vírgenes labios
acarician las bocas de caras copas de vino.

De mientras callaba un par de maltratos
bajo la impunidad pactada implícitamente
entre los patriarcas de la institución Familia.

De mientras ejercía
una felicidad entre cuatro paredes;
Sumada a estas la pared entre su cuerpo y el viento.

Viento que, de vez en cuando,
despeinaba los rulos de su cerquillo.

Cerquillo que, de todas formas,
encercaba con un ondulín
sobre un moño ordenado.

A veces se preguntaba
si la felicidad debía ser cosa suya,
como quien se pregunta,
de vez en vez,
si ya es época de naranjas.

Y cuando, entre incertidumbres,
resistiéndose a reproducir felicidad
de la misma forma en que funcionan la genética
o la reproducción del poder de Dios,
no dejó que aquello que irrumpió entre sus caderas
una tormentosa madrugada de otoño,
le cosiera los pies entre aquellos suelos
sobre los que tantas veces se agachó.

Sobre los que anteriormente
se agachó su madre.

Le ha costado entender
que ha sido cincelada
por una herramienta que ha pasado
por muchas manos antes que las suyas.

Por eso un poquito entiende,
a golpe de heridas narcisistas,
que la feminidad con que mide
las caderas de sus hijas,
es violenta en tanto es condescendiente.

Que la condescendencia que perpetuó
fortaleciendo mediante una sonrisa la mirada de El Otro,
a través y a partir de la cual pareció llegar a existir,
no fue más que una manera reproductiva de ser libre.

Reproducir imágenes,
reproducir instituciones,
reproducir mandatos,
reproducir sistemas,
reproducir identidades,
reproducir formas de relacionarse:

"Hija de",
"Madre de",
"Esposa de"

Es insostenible existir con las exigencias de ser
quienes mantengan la pureza identitaria.
Identidad como límite entre cuerpo y cuerpo,
como mandato de libro de cualquier conservador
que mientras "Es" puede inscribirse activamente.

Por eso siempre trato de hacerle ver
que existir conscientemente es político,
en tanto es hacerlo para nosotras mismas.

Que aquella condescendencia sistemática
que de a ratos tratamos de soplar hacia arriba,
y aquella fuerza que nos anularon durante siglos
mediante cada silencio cómplice e impune,
debe irrumpir furiosa con la fuerza de un sol picante en invierno.

Por eso puedo decir que, con ella,
cada día es una curiosa lucha.
Un aprendizaje dialógico,
un entendimiento de la historia,
una destrucción intergeneracional de egos
en que inevitablemente terminamos construyendo vida juntas.


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sábado, marzo 02, 2019

Habitar



Ni un beso desabrido contra sus nuevos labios
ni una cosquilla recorriendo simultáneamente
cada lunar que se asoma por el cuello de su camisa,
logran descifrar el arco que forma su espalda
sobre el lecho de sus taquicardias nocturnas.

Se le pasan las noches contando marrones.
Buscando adherirse a sus recuerdos en Sepia
como quien busca adherir una capa de pintura
sobre una puerta oxidada que le gruñe al viento.
Una puerta que chirría ante la amenaza de ser abierta
por quien sólo quiera "echar un simple vistazo".

Las miradas insostenidas a través del tiempo,
las miradas insostenidas a través del interés;
no hacen más que ponerle orden al pensamiento
y construir paredes entre la circulación del asombro.

¿Qué haría ella si, incluso sobre ese lecho
sobre cuyas protuberancias se han posado tantas cabezas,
no pudiese ser capaz de estirar sus dormidos brazos?
¿En ese lecho donde no se desvaneció nada
que no fuese construido mas que en conexión a sí mismo?

Le asombra la complejidad de sus manos
y compara la articulación de sus huesos
con esquinas que unen luminosas calles.
Calles que unen movimiento.
Movimiento que habita
agresivamente
su cabeza.

Ese embrullo de mierda asidua.
Esa mar de gente viviendo entre sus costillas
que arranca sus pestañas segundo a segundo,
en tanto existen cosas que devienen otras cosas.

A veces sus palabras ruedan costa abajo
a la vez que sus pies tratan de camuflarse
sobre la piedra de una intimidante escalinata,
cuya estructura sólo logra ser alterada
cuando sus escalones son cantados
váyase a saber por quién.

A veces es mejor no saber.
Recorrer repetidamente cada eslabón abierto
o cada puerta oxidada abierta entre gritos de rebelión:

váyase a saber por quién...

"A veces es mejor no saber",
volvió a decir,
sabiendo que así era,
pero con el corazón golpeando las paredes de su pecho
casi que sobresaliendo entre cada quejosa exhalación.


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