Las luces gritan en seco
se asoman a mi pecho como calambres
estivan como flores al frío
y una parte de mi
ya no escucha,
sólo se encoge
y se encoge,
y escoge
desvelarse,
o bien guiñar
lentamente
un consejo,
o bien avisar
en un lenguaje indescifrable
que aún se conmueve
lo cual ya no se si decido yo,
ya no se si decido
o sólo gruño
los árboles,
plantados de forma pareja,
desafian toda reglamentación
con la timidez del olvido
que es más bien un vendaval
mientras parecen recordarme
que tener cara
y un par de brazos
no me hacen menos triste
que el recuerdo de una ciudad
que avista el síntoma
que lo ha visto todo