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el mismo texto, muchas veces

domingo, mayo 05, 2019

A Ella



 III. 
 
Quien me esculpió durante estos veinte años
sabe que hay mucho de mí en mis grandes muñecas.
 

Estas muñecas medidas con masoquismo
de a exigencias moralizantes vomitadas.

Ella, sobretodo,
entiende desde el desentendimiento parcial
como a quien también le pesan las caderas
incluso más que los años perdidos en vida.
(Intimidades e infimidades, dic 2018)
 


Medía sus livianas caderas con determismo;
siendo consciente de la pronta asunción
del mandato social de la maternidad
plegando así la presunta validez
de su erotismo de veinteañera.

De pronto esa reproductividad,
esperada siempre en sus cálidos tratos,
se volvía más física que nunca.

Hubo una época
en que los vestidos debían caer sobre ella
con la elegancia de un mantel blanco
sobre los huesos de su mesa redonda,
plana, frágil y sin esquinas.

Lo suficientemente transparente
como para mostrarse diligente.
Lo suficientemente opaca
como para denotar pureza.

Esa misma época
en que su voz debía hacer vibrar el aire,
con la delicadez y el erotismo
con que suaves y pseudo-vírgenes labios
acarician las bocas de caras copas de vino.

De mientras callaba un par de maltratos
bajo la impunidad pactada implícitamente
entre los patriarcas de la institución Familia.

De mientras ejercía
una felicidad entre cuatro paredes;
Sumada a estas la pared entre su cuerpo y el viento.

Viento que, de vez en cuando,
despeinaba los rulos de su cerquillo.

Cerquillo que, de todas formas,
encercaba con un ondulín
sobre un moño ordenado.

A veces se preguntaba
si la felicidad debía ser cosa suya,
como quien se pregunta,
de vez en vez,
si ya es época de naranjas.

Y cuando, entre incertidumbres,
resistiéndose a reproducir felicidad
de la misma forma en que funcionan la genética
o la reproducción del poder de Dios,
no dejó que aquello que irrumpió entre sus caderas
una tormentosa madrugada de otoño,
le cosiera los pies entre aquellos suelos
sobre los que tantas veces se agachó.

Sobre los que anteriormente
se agachó su madre.

Le ha costado entender
que ha sido cincelada
por una herramienta que ha pasado
por muchas manos antes que las suyas.

Por eso un poquito entiende,
a golpe de heridas narcisistas,
que la feminidad con que mide
las caderas de sus hijas,
es violenta en tanto es condescendiente.

Que la condescendencia que perpetuó
fortaleciendo mediante una sonrisa la mirada de El Otro,
a través y a partir de la cual pareció llegar a existir,
no fue más que una manera reproductiva de ser libre.

Reproducir imágenes,
reproducir instituciones,
reproducir mandatos,
reproducir sistemas,
reproducir identidades,
reproducir formas de relacionarse:

"Hija de",
"Madre de",
"Esposa de"

Es insostenible existir con las exigencias de ser
quienes mantengan la pureza identitaria.
Identidad como límite entre cuerpo y cuerpo,
como mandato de libro de cualquier conservador
que mientras "Es" puede inscribirse activamente.

Por eso siempre trato de hacerle ver
que existir conscientemente es político,
en tanto es hacerlo para nosotras mismas.

Que aquella condescendencia sistemática
que de a ratos tratamos de soplar hacia arriba,
y aquella fuerza que nos anularon durante siglos
mediante cada silencio cómplice e impune,
debe irrumpir furiosa con la fuerza de un sol picante en invierno.

Por eso puedo decir que, con ella,
cada día es una curiosa lucha.
Un aprendizaje dialógico,
un entendimiento de la historia,
una destrucción intergeneracional de egos
en que inevitablemente terminamos construyendo vida juntas.


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