y yo sin flores.
Los días en que decidía llover
sólo goteaba sobre mi paraguas,
y cuando el sol acariciaba el mar,
forzaba en las olas mi reflejo,
como si de ello dependiesen
mis propias partidas.
Algunas noches aún me pierdo
contando los huecos más sutiles de la ternura.
Sólo había huecos
en mis miedos de abril.
Era primavera:
yo ya desflorada
pero no marchita,
e incluso,
según mi madre,
más bella que ayer.
