Un gingko enorme, que de a momentos tomaba los gestos de un girasol, crecía solitario en las pesadillas de María.
Crecía sobre ella, sus ramas de gingko estampaban matices en movimiento sobre sus bermudas de pana azul.
Su padre, en cambio, permanecía diminuto en su aparición. De un tamaño que le permitía a María colocarlo sobre alguno de sus hombros y mirarlo a los ojos por primera vez, durante esas horas en tiempo-sueño que equivalen a cinco minutos de vigilia.
Yo escuchaba atentamente las angustias oníricas de María. Las guardaba en mis recuerdos con una ternura triste.
Creo que esa era la experticia de María, la cosa más bella que hacía sobre la tierra: agasajarnos con su triste ternura como si le pesara la virgen de su nombre, el comunismo de sus padres, y la dictadura, más que a nadie.
No fue tu culpa María. La dictadura no sucedió por tu culpa, María santísima.
La filosofía llena de intrusos de María podía llegar a ser muy certera. Siempre era cálida, sobretodo en sus expresiones más poéticas, que también eran las expresiones de un mundo lejano.
Yo podía creer en ese mundo cuando estaba por explotar. Ese mundo de emergencia, que nos abrazaba del mismo modo a los quejicas y a nosotras, las putas.
Después, tal vez, pecaba en mirarla con notoria extrañeza. Algo de lo cual me arrepiento todos esos días en los que reviso obsesivamente mis errores.
Ella veía la extrañeza de mis ojos y le sonreía.
Sonreía las miradas y la extrañeza contenida en todos los ojos, como si fuese la extrañeza una condición de seguir sintiendo, a pesar de todo.
Después de María, todos aprendimos a mirar a los ojos.
Por esta razón, admito, todos mis ojos la miran cuando se cierran.
