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el mismo texto, muchas veces

sábado, junio 15, 2019

Sus luces rojas



Aquél pasillo estaba repleto de una cantidad de luces rojas que sólo acostumbraba a ver  cuando recorría calles congestionadas, repletas de hileras de autos desacelerando entre bufidos.

Las paredes eran blancas, como acostumbran a ser en esos lugares. Blancas como la esclerótica de los ojos de la mujer-sin-nombre que le hacía los papeleos cada jueves por la mañana. Blancas y limpias como la bata del violento ginecólogo con quien quiso dejar de atenderse, sin hacérselo saber a su madre.

Ella era amarilla.
Era vieja, estaba sucia.
Sus dientes: añejados, pero no con la delicadeza con que se añeja el vino.
Sus cabellos, enmarañados, ya empezaban a deshilacharse de su cuero cabelludo.
Ella: toda deshilachada.
Sus manos daban fé de sus excesos; su boca daba fé de su tránsito confuso.

Tampoco sabía decir malas palabras. Profanar le pesaba demasiado en el cuerpo. La recepción del temblequeo de sus manos cada vez que relajaba sus brazos.
Las malas lenguas.

Sobretodo las malas lenguas. O las lenguas en general. Que osaban con hablarla antes de dejarla hablar.

Por eso se frotaba bien la esponja contra la piel cada vez que se bañaba. Tratando desprender de su cuerpo, esa última capa de historia.

La historia le pesaba demasiado.
Le pesaban las cicatrices.
Ensuciaban la pureza de sus paredes, de sus sábanas, de sus blancas palabras.
Aquellas que deslizaba tímidamente bajo la puerta de quienes fueron sus amantes, como quien desliza citaciones judiciales.
Bajo sus costillas:
para partirse al medio.

Sus costillas a veces flotaban fuera de su cuerpo.
Como luces rojas titilando entre cuatro infinitas paredes.
Luces rojas que sin querer hacen ruido.
Paredes blancas, conservadoras.
Paredes de hormigón de un metro de ancho.

"A ver si podés romper esas paredes"
se decía.

Repitiendo las palabras que su madre dibujaba en el aire cada vez que le servía al patriarca de la casa el plato más grande de guiso.
Repitiendo las palabras que leía de los labios de su madre cada vez que pedía perdón por cualquier cosa.
Repitiendo las palabras que no estaban siendo dichas.
A pesar de-.

Así aprendió a depender de cosas, de gestos, de personas.
Así aprendió a sonreír, aunque no tenía qué.

En ese pasillo blanco, lleno de carteles que pedían silencio, de repente era una luz roja. Una sirena de ambulancia. Una emergencia.
La emergencia de caer al vacío entre ruidos de trenes que en su paso sacuden vías. Entre  gemidos de mujeres dando a luz. Entre susurros quebrados con aliento a vino.

Bueno.
El vacío no tiene fondo, no es tan ingenua.

De su chaleco a veces desprende pelos de gato.
De tanto en tanto una flor. La sonrisa de algún muchacho.
Entre sus manos crecen plantas.
Entre sus piernas crecen frutas.

Y tratamos de hacerle mimos.
De ponerle almohadas debajo de la cabeza. De secarle la ropa.

Con sus ojos brillantes enciende y apaga las luces. Enciende y apaga cosas.
Amarillas son sus maneras.
Amarillas, pero como girasoles.

Rojas las luces más cálidas del cielo.
Sus orejas coloradas cuando se saca la bufanda, o cuando leen en voz alta los poemas que escribe en los tickets del supermercado.

Admite que de vez en cuando prende fuego las fotos que tenía guardadas en su cajón, o mide sus excesos de piel frente al espejo.

Pero se deja dar caricias, y de su boca salen puteadas.
Y todas las noches pone alguna monedita en su chanchito.
Y se mete en la piel de los protagonistas de las películas que se compromete a mirar a pesar de su absurda ansiedad.
Y habla, y canta.

Canta y ríe, haciendo distorsionar su voz a través de las aspas del ventilador.

De repente las luces rojas son cosquilleos. Y las paredes: obstáculos de yeso.
Llenas de huellas de zapatos, equivalentes a todas las huellas que dejan en su pecho sus nuevos amores.
Los tangos que se bailan sobre su espalda.
El dulce perfume que desprende su cabello.

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domingo, junio 09, 2019

El abrazo como tester de violencia



Dame un abrazo,

de esos que me hacen saber
que yo también estoy ahí.

De esos que me hacen pensar
que por una vez
no es la mirada
distante y juiciosa
que me recibe en la oficina,
en los pasillos del asilo
o en la mesa de los domingos
la que decide,
de a silenciosos veredictos,
mi lugar racional en el mundo.

Ojalá sea un abrazo
de esos que das
aquél que me transmita
la posibilidad de un mundo
que pueda ser bailado
como acto de rebeldía.

Aquél que me permita habitar la locura
y el estado aflorado de nuestras pieles.

El abrazo:
ese habilitador de la memoria
cuyo gesto de invitación
me guía hacia aquellos brazos que se dejan firmar.

El abrazo como tester de violencia:
a sabiendas de que no hay nada más violento
que el olvido,
la Verdad inmutable
y la dependencia.

Abracémonos a pesar de nuestras pieles
y como lugar de paso donde poder ser.

Como coqueteo con los límites de la norma.

Mientras que el abrazo
y ese mismo gesto
de disponerse afectable y afectiva
sean parte de una revolución
contra el allanamiento histórico sobre nuestros cuerpos.





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