Cuando me despertaba, les extrañaba de verdad.
También tuve un sueño donde era yo quien se iba y no sabía qué hacer.
Estoy enojada y he hecho con ese enojo algunas cosas que me alivian, como irrumpir visiblemente, luchando contra una moderación propia muy profunda, muy sobria, muy racionalizada.
Hoy aprendí algunas cosas sobre mis manos: siento que mis manos se van a quemar si las froto rápidamente, de la misma manera en que siento que se me van a soltar si las escurro con fuerza.
Aquella noche que mamá me acariciaba las manos mientras recorríamos las imágenes más alevosamente melancólicas de Montevideo, sentía que no iba a poder seguir viviendo.
Eran ese tipo de cosas: las manos, o detectar la línea de su espalda en un abrazo.
A veces siento que en la vida me remito demasiado a las imágenes que me permiten pensar. No sé bien a qué me refiero, pero trato de compartirlo con ese cuidado, a veces un poco cristiano, con el que coqueteo constantemente.
A veces me pongo a pensar en por qué dibujo como dibujo y mi respuesta de hoy es que dibujo como alguien que hubiese estado a punto de escuchar voces en su cabeza.
Casi, a punto, quizás.
Algo así como haber llegado a una vulnerabilidad muy sentida.
A las pruebas me remito.
A las más imperceptibles.
A las pruebas sensibles, no racionales, de los calores y los lugares de coqueteo.
Hablar de la vulnerabilidad cada vez me molesta menos.



