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el mismo texto, muchas veces

viernes, noviembre 10, 2023

11/11




Esta semana tuve muchos sueños cuya trama constaba de personas yéndose abruptamente a lugares que eran dos o tres países al mismo tiempo.
Cuando me despertaba, les extrañaba de verdad.
También tuve un sueño donde era yo quien se iba y no sabía qué hacer.
Estoy enojada y he hecho con ese enojo algunas cosas que me alivian, como irrumpir visiblemente, luchando contra una moderación propia muy profunda, muy sobria, muy racionalizada.
Hoy aprendí algunas cosas sobre mis manos: siento que mis manos se van a quemar si las froto rápidamente, de la misma manera en que siento que se me van a soltar si las escurro con fuerza. 
Aquella noche que mamá me acariciaba las manos mientras recorríamos las imágenes más alevosamente melancólicas de Montevideo, sentía que no iba a poder seguir viviendo. 
Eran ese tipo de cosas: las manos, o detectar la línea de su espalda en un abrazo. 
A veces siento que en la vida me remito demasiado a las imágenes que me permiten pensar. No sé bien a qué me refiero, pero trato de compartirlo con ese cuidado, a veces un poco cristiano, con el que coqueteo constantemente. 
A veces me pongo a pensar en por qué dibujo como dibujo y mi respuesta de hoy es que dibujo como alguien que hubiese estado a punto de escuchar voces en su cabeza.
Casi, a punto, quizás.
Algo así como haber llegado a una vulnerabilidad muy sentida.
A las pruebas me remito. 
A las más imperceptibles. 
A las pruebas sensibles, no racionales, de los calores y los lugares de coqueteo. 
Hablar de la vulnerabilidad cada vez me molesta menos.

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domingo, octubre 22, 2023

22102023




La arena,
sobre sus manos,
había sido breve.

En sus momentos más severos,
nos habíamos encargado de ponerle un plan
y dejarle a cargo la vida de unas flores.

No me lastimaré con mis propios armamentos
                                                                       en mis momentos más severos.

                            Había llegado a repetir.

                    No alcanzo a comprender si era o no un logro.

Yo, 
en cambio,
no tenía ningún cometido.

    Mis pausas eran obstinadas.
            Apenas acordaba mis velocidades;

habitaba el enojo
ancha y profundamente,
pero a escondidas,
con las manos cruzadas sobre la espalda,
casi como un gesto de admiración a la Patria.

                                                    No era quién para adjudicar un plan.

   En momentos de dolor
he perfeccionado las prácticas de consuelo.

        Estoy desparramada sobre todas mis ideas.

Me desparramo en el cordón, 
                        en la tormenta,
                                    en un grito alegre

                                                       también en el desconsuelo.

Nomelastimaréconmispropiosarmamentosenmismomentosmásseveros.

Y yo le miraba a los ojos,
con desconfianza y curiosidad,
con cara de que había aprendido algo 
que ya iría a entender en algún momento
mientras observase crecer un plantín de época
o un hijo ajeno.

Esa noche
con la ambiciosa afirmación de dar cuenta de haber dormido,
amanecí en varias oportunidades,
como si el sol hubiese necesitado tomar valor unas cuantas veces
y los gallos no supiesen leer la inseguridad,
cacareando en cada tomada de valor.

Yo, en realidad, no sabía nada.

Había amanecido todas esas veces como un cuadrado.
        Y yo no era un cuadrado.
Lo sabía,
la espalda me dolía,
y esa espalda,
                hoy un poco más cerca
                a veces más lejana
sólo entiende
de todos aquellos movimientos que tienen que ver con desparramar.

Amanecí dolorida,
un domingo tan montevideano que daba asco,
sin saber qué parte del cuerpo me reclamaba el fingimiento esta vez. 

Allí descubrí el desparrame
como si hubiese sido la primera vez.
Como si el desparrame fuese descomunal e inevitable.

Fue cuando encendí todas las máquinas que podían llegar a hace ruido:

el maullido de un gato con el deseo obnulado se confundía con un violín,
el ruido de las aspas del ventilador abrazaban la lluvia en un mismo pliegue,
y mi dolor era todo eso,
incluso 
y sobretodo,
aquello,
que me hacía,
    de a momentos,
            sonreir.

Porque en aquellas circunstancias conspiraba

y conspirar era un abrigo
el camino más sinuoso
el andar menos pautado
la pausa más breve.

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martes, abril 18, 2023

}



recorría mis piernas
con las manos más tristes de Montevideo

de a momentos las aplanaba
explorando     entre secuencias de reposos y golpeteos
direcciones 
        esquinas
     y velocidades varias
                                        algunas menos amables

a mis piernas yo las envolvía con torpeza
en un gesto caprichoso de desesperación por entumecer

deseaba entumecer
       entera y redonda,
desapercibida 
entre ruido blanco
y cuerpos que mecen
        aprendidos de capital

                cuerpos despiernados

deseaba convertir hacia sensaciones ingenuas
   como cosquilleos
            soplidos
       o besos demorados

al menos para cuando la memoria
                         aún supurase
        curiosa de desvelo
todo aquello que pasa 
                    entre el suspiro y la repetición

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martes, enero 31, 2023

0







Caminaba por la avenida, evitando el lado soleado de las aceras. Había descubierto, en mis caminatas frenéticas de final de jornada, que el sol cambiaba de acera trazando perfectamente la pared de un edificio, como si de una capa de pintura anaranjada se tratara. Así, la acera de la izquierda daba fin a su trayecto soleado para convertirse en mi camino de preferencia.

Caminaba por la avenida y el viento golpeaba, injusto e incoherente, más cercano al desorden que al alivio, y enmarañaba todos mis detalles como si pudiese sacarlos de su lugar —haciéndomelo sentir hasta en mis composiciones más simples—.
Podía imaginarme el movimiento del viento hasta el mar, como si en vez de ser parte fuese su objetivo. Un mar, de seguro amarronado y rebelde, replegado en grandes olas que se golpearían entre sí sin respiro antes de llegar a la orilla.
En esa imagen yo me hallaba bañista imprudente, niña curiosa apabullada de sensaciones.
El viento de hoy a las siete de la tarde me hacía sentir esa cosa, eso posible entre la desesperación y el abatimiento. Una provocación contra mis límites, lejana a las formas más bellas en que los límites pueden confundirse. Una muerte inminente; mucho más grosera que aquellas pequeñas muertes necesarias para dar paso a la vida.

Para cuando mi trayecto por la avenida, se escapaba mínimamente de mi control sobre sus texturas — cruzando cortes, accidentes automovilísticos, gente amontonada como efecto de velocidades de paseo incompatibles o baldosas levantadas por raíces descontroladas—, auguraba un llanto sucio e insatisfactorio; un llanto en forma de otra cosa. De hecho, cosa describiría con precisión el carácter arremolinado de aquello, su aspecto parasitario, y hasta la forma en que, en algún sentido, era huésped — ese preciso sentido en que un parásito es huésped, esa sentencia despectiva entre cosa y aquello—.

En mis intentos por respirar tácitamente y cerrar y abrir los ojos en la menor cantidad de pasos posibles, como si sobrevivir constase de proceder y tuviese algo que ver con aspirar a la cordura, he encontrado los sonidos de las cosas.
Escucho las miradas dentro de un espectro entre golpeteos puntiagudos y lamentos gitanos; según cuanto, estas, se valgan del dolor.
Escucho, en el encuentro entre la sombra de los árboles y el asfalto, crujidos y flashes fotográficos.
Escucho, en el apuro, caños de escape, y algo que suena en frecuencias distantes.

Todas las noches, cuando nadie me mira y por fín puedo desparramarme entre los duelos y las distancias, hago cálculos desastrosos pero fieles a la minuciosidad con que siento que me afectan todas la cosas que componen este mundo.
Pongo un ejemplo de esto: he imaginado todas las cosas que posiblemente podrían atravesar un cuerpo —incluso otros cuerpos—, de un lado hacia otro lado, cualquiera sea el lado en que la cosa empiece a rasgar.
Pongro otro ejemplo: he caminado por la calle buscando miradas que me descompongan por el simple hecho de sentir algo, porque basta con una sola mirada.
He deseado hasta romper tantas veces que tuve que aprender a reparar sin fastidio, y encontrarle el erotismo a la exhalación más suspirada.

En algunos momentos, mis costillas se han aferrado a mi cuerpo con tanta fuerza que no tuve otra opción fuera de salir escurriéndome entre ellas; porque habrá jaulas dentro de las cuales picoteo con resignación mientras pasan las horas; pero otros moldes que, por viejos o por moldes, me duelen con una vigencia cuyo dolor me veo obligada a dar fin. Como cuando una balanza se inclina demasiado hacia un costado.

Todas las noches, espero con alegría poder soñar. Hago cálculos desastrosos entre tipos de luces, y alturas de almohadas y cantos redondos.
Aclaro que pienso que todas las cosas cantan. Los tonos cantan, las lámparas de luz cantan, cantan también los recuerdos.

Espero con alegría poder soñar como quien se aferra a la vida a través de los recuerdos. Y sabe ponerles nombre. Y los vocifera. Y los baila.

Y cuando sueño, mi registro susceptible de la vida tiene tanto sentido que arroparse nunca había sido un verbo tan justo.

Yo me arropo,
tú te arropas,
él se arropa,
nosotres nos arropamos.


Y la vida, al fin, derrapa hacia sus luces más oníricas.
Hacia sus tonos más musicales.

Y me arropo,
cansada de la palabra,
justa,
templada,
ingenua.

Ingenua como en la primera vez de todas las cosas.

Allí donde se entrecruzan la experiencia, el olvido y la ropa de cama.






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