Mi amor pone a hervir la caldera sobre la hornalla con la llama más insegura y me mira sobre su hombro.
Si las miradas fuesen suspiros serían como las suyas: miradas que se quitan los zapatos al llegar a casa.
Yo miro sus ojos con amor, como si estuviese mirando pantanos llanos y profundos, e intento imitarlos trazando círculos con mis dedos sobre el mantel.
He recorrido manchas, flecos y migas de pan en estos minutos, pero aún no logro dejar de rondar en un par de ideas abstractas que parecen haber llegado demasiado lejos.
Pienso: mis miedos parecen haber tomado nuevas formas de existencia. Parecen haber tomado otras cadencias, acumularse en proporciones distintas, e incluso expresarse en superficies desconocidas. Quizás al compás del mundo, quizás, de lo contrario, en completo descompás.
No importa.
Tiro de un fleco y le hago un agujero al mantel. Juego a aplastar todas las migas en un rango de distancia marcado por mis manos estiradas.
Una vez completo la tarea, ahueco el pensamiento y miro a mi amor a los ojos, con la intensidad del miedo de que al levantar la mirada todo se llene de agujeros. Que a sus manos les salgan agujeros. Que la casa se llene de agujeros. Que agujeros reales no hagan más que aparecer y llevarse mis cosas más preciadas. Mis cuadernos y álbumes, la tetera amarilla de mamá, la loza que me dejó Mariana, mi camisa de todos los días.
Él se sienta en la silla que está frente a mí. Dirige su mirada hacia mi cadera, la acaricia bajo el pijama y le da pequeños golpecitos. Me dice que soy suavecita por enésima vez desde que nos conocemos.
Pronto el agua hierve y hace chiflar la caldera. Amor se levanta sonriente.
Han pasado segundos, o quizás horas.
Pensar tanto me ha vuelto sensual y distraída.

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