para arrastrarlo
con permiso
hacia mi estómago.
Un grito ahogado
manotea una nube
aún cuando mis dedos acusan olvido
o más bien
memoria de las pequeñas cosas.
Durante estos largos segundos
que parecen habernos barrido y acumulado
barrido y acumulado
agradezco enternecer bajo la nieve
como un cuerpo extraño
bajo una caricia estibada.
Y reconozco su mirada vetusta.
Revolviendo mis esquinas
con poca amabilidad,
como al dibujar las esquinas
de una mesita de luz.
También en la noche,
también tambaleante,
también sinuosa.
Pero del hambre
no sólo he aprendido
el olor a alcohol
y la pesadez del suspiro
sino también la rabia.
Y mi cuerpo,
que arde de tantas maneras,
que sabe de eso,
acude a la marea,
con timidez primitiva.
Algo así como nadar con la dirección de un náufrago.
Algo así
como
percibirlo todo
(con la condición de arder y evaporar)
Algo así como desesperar.
Algo así como morir hasta morir.
