El vacío de las calles:
íntimo y confuso,
demoledor.
Desprendo
de mis años
caminando
entre calles vacías
que a veces caminar
es somatizar la falta de calma
y la sobra de ella,
en simultáneo;
así de específico y ambigüo;
como cada vez que un beso
implica escuchar cosquillas,
de la nuca hacia el pecho
y del pecho hacia la barriga.
Como cuando de repente,
parece absurdo
respirar
sin sentirse afectado.
Como si el cuerpo fuese algo dado.
Pero no sé,
suelo no saber mucha cosa
más allá de lo que me dicen
o de lo que no me quieren contar;
incluso entre el ruido
que me provoca
la inmensidad
de la intimidad
del vacío
de las calles.
Y entre ese silencio
(muchas veces ruidoso)
me cae la ficha
del esfuerzo que implica
sostener estas tres
paredes destartaladas,
sobre las cuales
apoyo
gran parte
de mis dudas.
Pero qué se yo,
estamos todos
un poquito destartalados.
Y en ese sentido
es que me gusta pensar
que cada pulmón
es un bandoneón,
tocando notas al azar
por Durazno y Convención.
O esa aguja que le abre paso,
al hilo que cose
tercamente
un viejo pantaloncito.
Más por cariño
que por otra cosa.
Más por coser
que por arreglar.
Y así somos,
como los hilitos sueltos
de un trapito desgastado.
Y así nos sabemos ser
cada vez que la amargura
amenaza la idea.
Cada vez que la idea
amenaza con ser cierta.
Cada vez que la certeza
se descose
y acoge
la marea.
