18 de mayo del 2026
Se podría decir que una gran parte de mi trabajo tiene que ver con escribir, o al menos con un ritmo compositivo que sólo puedo otorgarle a la escritura y a las contradicciones que ella me presenta: a veces con desesperación, a veces con la calma de lo irremediable.
¿Por qué escribo? ¿Qué invoco al escribir? ¿Qué se enlentece cuando converso con la escritura? ¿Por qué, de a momentos, la necesito tanto? ¿Qué dejo por fuera cuando escribo? ¿Qué caminos suscita su ausencia?
Una participante del hospital dice: escribir me ayuda a alinear todas las personas que conviven en mí. Me deja pensando. Yo creo que para escribir poesía necesito sentir una cantidad de tristeza muy precisa. Una cantidad de tristeza casi inhabilitante, pero que aún me deja percibir la belleza de las cosas.
No siempre escribo poesía, por suerte hace tiempo que no escribo poesía, pues eso significaría que estoy muy triste. Sin embargo, mi escritura convive con la textura poética porque es mi textura preferida para vivir y escribir, aquí y ahora.
Cuando mi piel tiene el olor, el gusto y la rugosidad de la poesía, puedo vivir con un poco más de calma. Una calma que convive con la incomodidad de las atrocidades del mundo. Es decir, una calma que me pide acción, que me pide pensamiento, que me pide deseo, que me pide rabia. Que me sitúa en elecciones, en redes de confianza y de imaginación.
¿Por qué me someto, hoy, a tantas preguntas sobre la escritura?
Porque ya he sometido a todas las autoras que leo a muchas de ellas y sería injusto no someterme, a merced de su venganza.
Posiblemente por herida patriarcal y colonial, porque todas las mujeres que escribimos hemos necesitado afirmar y reafirmar nuestra posición en el mundo.
Porque, al final, también soy parte del mundo de la academia y convivo diariamente con formas de escritura que pueden matar la poesía, pero la poesía es de armas tomar.
Porque periódicamente necesito hacerme esa pregunta, y también necesito repetirme en lo que ensayo para contestarla. Reafirmando que repetirse no está exento de novedad.
Escribo porque la escritura es un disfraz que a veces me queda bien.
Escribo porque me enamoro fácilmente de las personas y de las cosas, y algo suele unir la escritura con el amor.
Escribo porque la escritura es la forma más fiel de recordar a mis padres, y de asumir la belleza en la manera en que el tiempo pasa a través de ellos.
Escribo porque escucho, y porque toco, y porque huelo, y porque lamo, y todo se siente con tanta intensidad que corro el riesgo de consumirlo, pero intento escribir.
Escribo porque nunca llego a fin de mes, pero al menos puedo escribir.
Escribo porque el sufrimiento irrumpe cotidianamente como algo a lo que tengo que hacerle un lugar, y escribir me prepara, me cuestiona, me pasea entre las distintas tonalidades del acompañamiento.
Escribo para evocar las ausencias, las invisibilidades. Para invocar lo que todavía no existe.
Escribo para tocar el conflicto con los dedos, y amasarlo, y darle forma.
Escribo porque la escritura me pide devolverle la belleza al mundo, y yo con entusiasmo saco el escritorio de mi cuarto y lo muevo frente al ventanal, para aprovechar el sol más intenso en lo que va del otoño.
Escribo porque me crié frente al mar, y algo tendrá que ver con todo lo que hago.
Escribo porque mi vida es minúscula.