La arena,
sobre sus manos,
había sido breve.
En sus momentos más severos,
nos habíamos encargado de ponerle un plan
y dejarle a cargo la vida de unas flores.
No me lastimaré con mis propios armamentos
en mis momentos más severos.
Había llegado a repetir.
No alcanzo a comprender si era o no un logro.
Yo,
en cambio,
no tenía ningún cometido.
Mis pausas eran obstinadas.
Apenas acordaba mis velocidades;
habitaba el enojo
ancha y profundamente,
pero a escondidas,
con las manos cruzadas sobre la espalda,
casi como un gesto de admiración a la Patria.
No era quién para adjudicar un plan.
En momentos de dolor
he perfeccionado las prácticas de consuelo.
Estoy desparramada sobre todas mis ideas.
Me desparramo en el cordón,
en la tormenta,
en un grito alegre
también en el desconsuelo.
Nomelastimaréconmispropiosarmamentosenmismomentosmásseveros.
Y yo le miraba a los ojos,
con desconfianza y curiosidad,
con cara de que había aprendido algo
que ya iría a entender en algún momento
mientras observase crecer un plantín de época
o un hijo ajeno.
Esa noche
con la ambiciosa afirmación de dar cuenta de haber dormido,
amanecí en varias oportunidades,
como si el sol hubiese necesitado tomar valor unas cuantas veces
y los gallos no supiesen leer la inseguridad,
cacareando en cada tomada de valor.
Yo, en realidad, no sabía nada.
Había amanecido todas esas veces como un cuadrado.
Y yo no era un cuadrado.
Lo sabía,
la espalda me dolía,
y esa espalda,
hoy un poco más cerca
a veces más lejana
sólo entiende
de todos aquellos movimientos que tienen que ver con desparramar.
Amanecí dolorida,
un domingo tan montevideano que daba asco,
sin saber qué parte del cuerpo me reclamaba el fingimiento esta vez.
Allí descubrí el desparrame
como si hubiese sido la primera vez.
Como si el desparrame fuese descomunal e inevitable.
Fue cuando encendí todas las máquinas que podían llegar a hace ruido:
el maullido de un gato con el deseo obnulado se confundía con un violín,
el ruido de las aspas del ventilador abrazaban la lluvia en un mismo pliegue,
y mi dolor era todo eso,
incluso
y sobretodo,
aquello,
que me hacía,
de a momentos,
sonreir.
Porque en aquellas circunstancias conspiraba
y conspirar era un abrigo
el camino más sinuoso
el andar menos pautado
la pausa más breve.

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