Era un martes del mes de mayo, aunque podría haber sido julio. Sentía ese aire respingón y costumbrista que se incorpora a mis recuerdos durante los meses con dieciocho en fecha patria.
Ese día manejabas por el puente del aereopuerto hacia la Ruta Interbalnearia, con el mismo regocijo en el dolor con el cual manejabas recurrentemente cerca de la Aduana.
Desde que tengo opinión propia (desde hace muy, muy poco), he despotricado cuanto he podido hacia cualquier manifestación de patriotismo, pero no puedo desconocer que cuando siento melancolía (sobretodo cuando me sumerjo en ella, como si la vida no tuviese sentido) hay dejos de tu patriotismo de clase trabajadora.
En otro orden de los factores, también admito parcialmente despotricar hacia el patriotismo por haber sido uno de tus gestores viriles de la angustia.
En fin, corría un martes. Recuerdo perfectamente cómo las nubes se enfilaban sobre nuestras cabezas. El cielo nublado que era posible ver desde la ventana de un auto manejado por tí, me sumerge en sensaciones familiares. De esas que ya no siento hace años.
Las ventanas de la camioneta golpeaban contra sus marcos, nuestros culos se acalambraban sobre los duros asientos que en algún momento soldaste sobre su caja, y el motor era ruidoso como de costumbre; nada de lo que alguna vez nos hayamos avergonzado.
Siempre manejabas hacia lugares con una ilusión frágil, inmensa, redonda, que daba ganas de acompañar, aunque tuviese gestos de Sueño Americano.
Una desesperación por asimilar que la vida es una mierda siempre nos unirá a los sueños, de formas prácticamente opuestas, a sueños más o menos americanos.
Ese día nos quedamos barados en una calle abarrotada de tránsito y entre los cinco empujamos la camioneta hacia el cordón de la vereda más cercana: Bulevar Artigas y Avenida Rivera, próximo a un semáforo.
De niña aprendí a empujar autos por si eventualmente nos quedábamos barados en medio de la calle.
Nunca entendí por qué no te comprabas autos que se rompiesen menos seguido.
La verdad que aunque siempre me hayas reprochado tus años de experiencia en la vida, sigo sin entenderlo.
Pienso que tu tolerancia a la frustración era líquida y profunda.
Vos deseabas con miedo, y lo escondías peor de lo que pensabas.
En mi gestión onírica de tu ausencia, no soy la única que desea con miedo. Vos eras duro, pero también eras muy llorón. Llorabas mucho y me querías mucho. Me querías demasiado.
Siempre que escucho el motor de un auto me doy vuelta, como si me pasases a buscar.
El otro día te soñé.
A partir de soñarte tanto, me nació un miedo de que pasen tantos años que la próxima vez que te vea te hayas quedado sordo. Que el sonido de la construcción te haya dejado sordo. Que la última palabra que hayas escuchado salir de mi boca haya sido una expresión apocada y disminuida.

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