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el mismo texto, muchas veces

lunes, julio 18, 2022

muertevideo



Últimamente recorro Montevideo con ojos extranjeros. 

Vuelvo a una Montevideo de hace doce años, cuyo habitar en movimiento implicaba esencialmente reconstruir la melancolía colectiva del exiliado y todas las instituciones que busca mantener fuertes y unidas. Con su poesía y su sobriedad. Con sus condenas y sus libertades. 

Así que por mucho tiempo conocía, quizás, las formas más hegemónicas de recorrer Montevideo; salvo por el hecho de que incluso en esas formas, parecía imposible recorrer la ciudad con una distancia afectiva prudente. 

Siempre me pareció una ciudad bastante triste. He visto casi toda el agua que fluye  por Montevideo y mi padre se ha encargado de generar archivo de ella, en su persistencia evidentemente melancólica. En nuestros paseos, manejaba insistiendo fuertemente en las vistas portuarias, casi como regocijandose en ese mismo dolor social y transgeneracional que he venido tratando de retratar obsesivamente, en mi camino por comprender algunas dimensiones del dolor. 

Hace unos días, casi como en mis primeros años habituando esta ciudad, de la misma manera en que debimos hacerlo quienes vivíamos a una hora de distancia de nuestros lugares de estudio y trabajo, me sometía al trayecto de un bondi que agarra por Eduardo Acevedo y pensaba en aquellas formas en las que, alguna vez, completé Constituyente hacia los costados.  Haciendo uso de mi imaginación como con otros puntos ciegos de la ciudad y situaciones que podía ver a través de las ventanas. Hoy son parte de mi mapeo de la ciudad, como si al desplegar un mapa de turista tipo, decidiera pegar sobre él pequeños acordeones de papel con dibujos de una ciudad imaginada. Negociando así, los niveles de hostilidad para con mis trayectos con la ciudad.

Últimamente, me he dado el lugar a reírme en la medida pienso en todo esto. Quizás de una forma un tanto neurótica, pero al menos me encuentro respirándolo, que no es poco.

He hecho el esfuerzo de acoger la sensación de que nunca terminé de pasar Montevideo por el cuerpo. Pues es eso o dejarse asfixiar.

El esfuerzo de acoger que vivo en Montevideo con la misma brusquedad con la cual llegué, si es que la violencia no ha hecho otra cosa que no sea escalar aún más. 

Como si más bien se tratara de un nudo que aún esperara en mi garganta para ser expectorado, vomitado o gritado. Como si, con esa sobreadaptatividad productiva y esa resignación del deseo que nos caracteriza, me hubiese resignado a acompasar sus ritmos productivos absurdos. Siempre con un nivel de extranjería cuya prudencia entre distancias y encuentros fuese aún un trabajo sensible y artesano. La calibración del deseo. 

Pienso...

Ese arte sensible tal vez implique, irónicamente, recorrer Montevideo como si fuese un mar.

También pienso...

Quizás esa angustia transgeneracional implique, con un poco más de enfasis en las imágenes portuarias de lo habitual, la necesidad de aprender a morir. 


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